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A 13 años de la Primavera Negra

Luis Cino Álvarez

18 de marzo de 2016

La Habana, Cuba – www.PayoLibre.com – A mediados de marzo de 2003, el ultimátum norteamericano a Sadam Hussein, que preludió la invasión a Irak, asustó más al régimen castrista que al bravucón dictador iraquí: bastó para que se disparara su paranoia, se sintiera amenazado y desencadenara la mayor ola represiva desde los años 60.

Aquella ola represiva, conocida como la Primavera Negra, llevó a la cárcel, en poco más de 48 horas, a 75 opositores, y al paredón de fusilamiento, en menos de una semana, a tres jóvenes que intentaron secuestrar, para irse a Miami, la lancha que cruza la bahía habanera.

En realidad, no fue tanto el temor, sino el oportunismo, lo que desencadenó aquella represión. La guerra de Irak, que acaparaba la atención mundial, hizo suponer al régimen castrista, -que unos meses antes había respondido al Proyecto Varela con una ridícula reforma constitucional que declaraba irrevocable el socialismo- que era el momento idóneo para desembarazarse de los activistas pro-democracia y de derechos humanos y los periodistas independientes (20 de los encarcelados).

Pero la ola represiva de la primavera de 2003, con sus juicios sumarísimos en los que los opositores fueron condenados a largas penas de prisión, reportó al régimen muchos más daños que beneficios, al mostrar al mundo, de modo irrefutable, que la fea arista dictatorial de la revolución cubana no había cambiado.

A partir de entonces, el castrismo tuvo en su contra a una buena parte de la izquierda y la intelectualidad mundial que hasta entonces le había sido favorable.

Como consecuencia de la Primavera Negra, el régimen tuvo que lidiar, además de con la presión internacional, con una creciente disidencia interna, y el hasta entonces insólito desafío de mujeres vestidas de blanco que salieron a las calles a marchar por la libertad de los presos.

Trece años después, la policía política, a pesar de todos sus intentos, desde los más sutiles, para desacreditarlas y dividirlas, hasta los francamente brutales, no han logrado acabar con las Damas de Blanco.

Y la tarea se les hace cada vez más difícil. Los agentes de los cuerpos represivos y sus turbas amaestradas, huérfanos de un cuerpo doctrinal coherente y creíble, siguen la inercia de servir sin demasiado entusiasmo a un poder anacrónico y achacoso que trata de ganar tiempo y amarrar la sucesión de sus herederos.

Hoy, mientras los símbolos y las consignas siguen su indetenible desvalorización, los mandarines del desastre se baten contra las ansias vitales de todo un pueblo que dejó de creer en ellos y los detesta.

luicino2012@gmail.com
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