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Pinochet: un dictador ilustrado

Luis Cino Álvarez

27 de mayo de 2016

La Habana, Cuba – www.PayoLibre.com – Como nos resultan odiosos, tendemos a dar por sentado que la mayoría de los dictadores son incultos y poco dados a los libros. Pero no necesariamente es así en todos los casos.

Stalin, que había sido seminarista, muy para el pesar y el riesgo de los escritores rusos, se leía casi todo lo que se escribía en la Unión Soviética, fungía como gran censor y se ocupaba personalmente tanto de los castigos como de la concesión del premio literario que llevaba su nombre.

Fidel Castro, a pesar de sus quejas sobre la falta de tiempo, ha dicho ser un insaciable lector, a quien parece que pese a lo que digan, apasionaban más Hemingway y García Márquez que Carlos Marx.

Otro dictador ilustrado fue Augusto Pinochet, quien a pesar de que en público no daba muestras de poseer una gran cultura, leía y bastante.

Al general le interesaban principalmente los libros de historia (particularmente de las guerras y las campañas militares), de ciencias sociales y geografía. En cambio, no mostraba afición alguna por la ficción ni la poesía.

Probablemente, esas lecturas le fueron de mucha utilidad durante el tiempo -entre 1964 y 1968- en que fue profesor en la Academia de Guerra, y para escribir sus libros “Geopolítica”, de 1968, y “Guerra del Pacífico. Campaña de Tarapacá”, de 1972.

Sobre la afición de Pinochet a los libros, resulta muy interesante la crónica “Viaje al fondo de la biblioteca de Pinochet”, del periodista chileno Cristóbal Peña, y que fue publicada el 6 de diciembre de 2007 por el Centro de Investigación Periodística (CIPER).

En dicha crónica, Peña refiere las indagaciones hechas en el año 2006 para determinar el valor (monetario y patrimonial) y el origen de los 55 000 libros pertenecientes a Pinochet, repartidos entre las bibliotecas de sus residencias en Santiago de Chile y El Melocotón y los que donó, antes de abandonar en 1998 la jefatura del ejército, a las bibliotecas de la Academia de Guerra y de la Escuela Militar.

El valor de dichos libros -entre los que según Peña había “piezas únicas, primeras ediciones, antigüedades y rarezas, algunas que ni siquiera se encuentran en la Biblioteca Nacional”-, fue estimado en 2 560 000 dólares.

Sobre si lo de Pinochet por los libros era simplemente una manía compulsiva de coleccionarlos, Cristóbal Peña indicó: “El hombre que llegó a ser dueño de una de las colecciones bibliográficas más valiosas de Chile, con una inversión total que se calcula en cuatro millones de dólares (si se le agrega el valor de la biblioteca napoleónica y una serie de bustos sobre el mismo personaje), tenía un aprecio particular por los libros”.

También Peña recogía en su crónica el criterio de la perito Berta Concha: “Después de leer al personaje a través de su biblioteca, mi conclusión es que este señor miraba con mucha fascinación, temor y avidez, el conocimiento ajeno a través de los libros. Quien mandó a quemar libros, forma la biblioteca más completa del país. Eso es interesante. De alguna forma conoce la dinámica y el poder de los libros”.

Un detalle curioso: el dictador pirómano de libros sospechosos de ser comunistas, parece que para conocer mejor a sus enemigos, leía profusamente literatura marxista.

Según Peña, que cita a Francisco José Cuadra, vocero del dictador: “A mediados de los 80, el general permanecía atento al proceso político soviético por medio de libros de actualidad sobre el tema que leía en francés. Estaba al tanto de las últimas publicaciones sobre marxismo, si salía un libro nuevo, él tenía que tenerlo”.

Así, no resulta descabellado que en la novela “Nocturno de Chile”, de Roberto Bolaño, entre los momentos de su vida que evoca en una noche de delirio febril el sacerdote y crítico literario Sebastián Urrutia (H. Ibacache, su seudónimo), este cuando a instancias de los señores Oido y Odeim, dio clases de marxismo a Pinochet y los demás miembros de la junta militar, los generales Leigh y Mendoza y el almirante Merino.

Parece que no tuvo que esforzar mucho la imaginación el genial Bolaño para poner a Pinochet, que era el más aplicado de los alumnos del cura Ibacache, a estudiar a Marx, Engels, Lenin, Trotsky, Mao, Marcuse, Althuser y hasta a la mismísima Martha Harnecker, una compatriota suya que por entonces era una escultural rubia, a la que además de quedarle muy bien las minifaldas y los bikinis, era la mujer de “Barbarroja” Piñeiro, el director de la subversión y el espionaje castrista en América Latina y se dedicaba a escribir manuales comunistas, como aquel infame “Conceptos del materialismo histórico” que tuve que empujarme alguna vez, muy a mi pesar, en mis tiempos de estudiante.

Dicho sea de paso, sin que medien mis simpatías, que nunca y para nada están con los dictadores, del signo ideológico que sean, les voy a contar algo que pocos saben y menos se atreven a divulgar sobre Salvador Allende, el presidente constitucional que derrocó el general Pinochet mediante el cruento golpe militar del 11 de septiembre de 1973. Según cuentan, fuera por su miopía, por pereza o falta de hábito, Allende leía poquísimos libros, preferentemente resumidos y artículos de revistas y periódicos que sus asesores y ayudantes le recomendaban. ¡Para que vean como engañan las apariencias!

luicino2012@gmail.com
PD


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